La dignidad se termina cuando el señor de la feria te estafa
con las frutas o verduras. Las más bonitas están siempre adelante, como una
suerte de vitrina. Mientras que la mercancía de más bajo nivel la esconde atrás,
y sin pudor alguno son las que nos venden.
Manzanas a medio morir saltando o tomates sencillamente en
mal estado, es los que recibimos a cambio de precios mucho más convenientes de
lo que se puede encontrar en un supermercado, por ejemplo. Aunque muchas veces
se llega a pagar hasta el doble de lo que podrías pagar en la feria, con la
diferencia que en el supermercado puedes elegir, y eventualmente reclamar si
algo no te gustó o simplemente no cumplió las expectativas del cliente.
Pero al feriante trata de reclamarle al respecto. No hay
ninguna posibilidad, ya que te tiran toda la caballería encima y se “achoran” …
“y qué más quiere por luca” (o el precio que sea), tratando de justificar esa
mala práctica.
Ellos, los muy sinvergüenza, ofrecen frutas o verduras a
precios “realmente convenientes”, pero uno, como consumidor, debe resignarse a aceptar
que, a lo menos, el 50% de la compra está en mal estado, porque los señores de
la feria piensan que nos están haciendo un favor al venderla a ese precio.
Gracias, señores feriantes.
Y lo peor de todo, es que esta transacción no es ingenua. Es
más bien organizada de tal manera, que el consumidor no logra advertir que lo
están estafando. Caímos una y otra vez en la misma trampa que es reiterativa en
el tiempo.
Como lo dije al principio, en general, tienen una muy buena
vitrina. Frutas, verduras, papas, etc. que van adelante, a la vista del público.
Ordenaditas. Todo bien a simple vista. Una suerte de barrera, que sirve para
ocultar las frutas o verduras de segunda o tercera categoría, que están detrás.
Sin embargo, no es casual que así se organice la mercadería
que tendrán a la venta durante la jornada, ya que, en el fondo están ubicadas
estratégicamente, lo que permite al feriante elegir productos que en un 50%
serán buenos y el restante 50% serán, lamentablemente para nosotros, una
mercancía lejos de cumplir las más mínimas expectativas.
Astutos ellos, que eligen por nosotros (ya que en la feria
no se puede elegir), aparentemente al azar, las frutas o verduras que deseamos
comprar. Esta práctica, más bien corresponde a una táctica y super aprendida,
fundamentalmente porque saben donde están las mejores y las que son de segunda
categoría, acelerando de esta forma la salida de los productos que están próximos
a convertirse en merma… y vaya que merma.
Por otra parte, uno puede entender que la feria popular e
itinerante que recorre varios puntos de Santiago durante el mes finalmente es
un negocio para quienes ostentan esta labor. En definitiva, es su fuente de
ingresos.
También puedo entender que, como todo negocio, los feriantes
deben rentabilizar sus esfuerzos económicos y logísticos, y generar utilidades.
Si no, no tendría ninguna razón trabajar en este rubro.
Seguramente, las compras mayoristas que hacen en la Vega
Central o en Lo Valledor, asumo deben ser de dos tipos. Una compra menor de
frutas o verduras de primera categoría (las que van como vitrinas o barreras en
el puesto de venta), obviamente adquiridas a un costo mayor. Pero al tratarse
de poca mercadería, podríamos decir que el costo es marginal, ya que, para bien
o para mal, serán esos los productos que atraerán a los clientes (nuevos y
actuales). Digamos que es su inversión en marketing. Sin embargo, y finalmente
también se irán vendiendo con el tiempo, con la salvedad que ya no estarán
tiernas ni frescas, por lo que, de forma paulatina, irán pasando a ocupar el
lugar detrás de la vitrina.
Mientras que los productos de segunda, tercera, cuarta
categoría o incluso una mezcla de todas, son compradas a un costo menor, por lo
que es fácil deducir de dónde salen sus ganancias. Claro, a costa de nosotros,
los consumidores, quienes seremos los que compraremos “engañados” las supuestas
frutas o verduras (de la vitrina/barrera), cuando en realidad nos estarán dando
una mezcla de productos de primera, segunda, tercera y cuarta categoría.
Por todo lo anterior es que me pregunto ¿por qué engañan a
la gente, los consumidores, sus clientes? ¿no se supone que la calidad y los
precios que ofrecen estas ferias itinerantes son más convenientes “para el
pueblo”?
A mi juicio, en este pequeño detalle, la dignidad se acaba.
Porque finalmente es el consumidor quien se siente estafado (aunque a estas
alturas también ya está acostumbrado).
Pero lo que realmente me molesta de esta situación (lo he
visto con mis propios ojos), es que estafan (por no decir se cagan) a las
personas más vulnerables. A personas que efectivamente necesitan comprar este
tipo de productos a precios más accesibles. A abuelitos, que con mucho esfuerzo
juntan sus pesitos para ir y comprar en la feria, y estos infelices los estafan
de igual modo.
No quería alargarme, pero…
La dignidad también se acaba cuando una persona común y
corriente está esperando la micro y cuando ésta pasa, simplemente no para. Y no
paró fundamentalmente porque el chofer así lo decidió ¿Qué explicación se le
puede dar a esto? Lo primero que uno piensa es bastante obvio, este tipo no
está cumpliendo con su trabajo.
Pero más allá de eso ¿qué lo llevó a tomar esa decisión? Tincá
del chofer, malas pulgas o simplemente mala voluntad, que con su actuar
perjudica y les roba tiempo a todas esas personas que, confiadas en el sistema
de transporte público, y luego de una espera promedio de entre 10 a 15 minutos,
se sienten estafadas y afectadas en su dignidad. Se siente impotencia y rabia
(lo digo por conocimiento empírico). ¡No hay aplicación ni GPS que resista!
La dignidad se termina cuando cientos de miles de personas
deben trasladarse, fundamentalmente en locomoción pública, desde y hacia un
punto determinado de la ciudad. Desde el trabajo a su casa, por ejemplo. Resulta
que la demora en el transporte aumenta súbitamente por cambios en los trayectos
y los tacos que se generan producto, una vez más, de las manifestaciones que se
realizan viernes tras viernes en las inmediaciones de la plaza Baquedano.
¿Por qué estas personas, muchas veces idealistas y
probablemente llenos de esperanza, le quitan la dignidad a tanta gente, sin
diezmar los efectos de su manifestación? La dignidad de llegar a una hora
medianamente decente a sus casas, luego de una larga semana de trabajo.
Tanto los feriantes (no todos, por cierto, pero sí muchos),
así como los choferes del sistema de transporte público, y por supuesto los
manifestantes de los fines de semana de la plaza Baquedano, se sienten con el
derecho de quitarles la dignidad a su propia gente.
Por supuesto que hay otros factores importantísimos en
materia de dignidad, sin embargo, estos tres puntos específicos, siempre me han
producido ruido. Nadie habla de ello. Y no son casos aislados, sino más bien
frecuentes, que se presentan en nuestro día a día, y que, de alguna forma, se
ha normalizado con el pasar del tiempo.
La paradoja de todo es que, se supone que los feriantes son personas de esfuerzo. Los choferes de micro son trabajadores y los manifestantes pro octubrismo, luchan por un sociedad más justa y digna para todos. Sin embargo, son ellos mismos los que están permanentemente restándole dignidad a sus pares, y eso amigos míos, es algo que no se entiende o que por lo menos yo no puedo explicar.

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